El Roquefort tiene que ser siempre aislado del aire ambiente, o en su embalaje original o en una hoja de aluminio para que conserve toda su onctuosidad y evitar que deseque.
Hay que ponerlo abajo en la nevera.
¡Una bodega húmeda y fresca por supuesto sería la mejor solución!
Hay que evitar las variaciones de temperatura demasiadas bruscas.
El trozo de Roquefort, servido sobre la tabla de quesos, se pone a la temperatura ambiente, al menos una hora antes de la degustación.
Ofrirá entonces plenitud a los invitados con su suavidad, su aroma y su gusto tan refinado.